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Reflexión de la Junta Directiva

19 Nov 2015

Su Eminencia Cardenal Miguel Ayuso

REFLEXIÓN PARA LA JUNTA DIRECTIVA

19 de November de 2015

 

Agradezco mucho que me hayan invitado a este momento de reflexión con el que inicia la reunión de la Junta Directiva.

Acabamos de celebrar el 50.º Aniversario de Nostra aetate, ocasión perfecta para redescubrir la importancia del diálogo interreligioso. El mensaje de Nostra aetate sigue vigente, como destaca en la sección 1, de la cual quisiera mencionar algunos puntos: la interdependencia de los pueblos; los intentos del hombre por dar sentido a la vida, el sufrimiento, la muerte… dudas perdurables de toda persona humana; el origen común y destino único de la humanidad; la unicidad de la familia humana, y la interminable búsqueda de Dios o lo Absoluto de las religiones en las diferentes tradiciones étnicas y culturales (cf. NA, 1).

Pero quisiera llamar su atención sobre otro documento cuyo 30.º Aniversario conmemoramos en la Iglesia Católica: el Encuentro del Papa Juan Pablo II con jóvenes musulmanes en Casablanca (Marruecos), un hecho citado incluso por el Papa Francisco en su mensaje del pasado 28 de octubre, en la Plaza de San Pedro, durante la Audiencia General Interreligiosa en ocasión del 50.º Aniversario de la proclamación de Nostra aetate. Si bien se refiere al diálogo entre cristianos y musulmanes, su mensaje es pertinente para todo tipo de relaciones interreligiosas, ya sea entre musulmanes, cristianos, budistas, hindúes, etc.

En el pasado, en general, nosotros los cristianos y los musulmanes hemos tenido malentendidos y enfrentamientos polémicos, incluso guerras. Pero “tenemos muchas cosas en común, como creyentes y como seres humanos. Vivimos en el mismo mundo, marcado por muchos signos de esperanza, pero también por múltiples signos de angustia. Para nosotros, Abraham es un modelo de fe en Dios, de sumisión a su voluntad y de confianza en su bondad. Creemos en el mismo Dios, el único Dios, el Dios vivo, el Dios que creó el mundo y que lleva a sus criaturas a su perfección”.

Hace 30 años que el Papa Juan Pablo II dijo estas palabras, el 19 de agosto de 1985, en su encuentro con jóvenes musulmanes en el Estadio de Casablanca, un notable evento de promoción del diálogo interreligioso.

La Iglesia “muestra especial atención a los musulmanes creyentes, por su fe en el único Dios, su sentido de la oración y su estima por la vida moral (cf. n. 3). Desea que cristianos y musulmanes juntos ‘fomenten la armonía entre todos los seres humanos, la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad’" (ibid.).

Dado esto, hoy “el diálogo es más necesario que nunca. Fluye de nuestra fidelidad a Dios y supone que sabemos cómo reconocer a Dios por la fe y ser sus testigos a través de la palabra y la acción en un mundo cada vez más secularizado y, en ocasiones, hasta ateo”.

Refiriéndose siempre a Nostra aetate, Juan Pablo II manifestó su convicción de que “nosotros no podemos realmente rezarle a Dios, Padre de toda la humanidad, si no tratamos a todos los pueblos como a hermanos, pues toda la humanidad fue creada a imagen de Dios" (NA, 5). “Por tanto, también debemos respetar, amar y ayudar a todo ser humano porque es una criatura de Dios y, en cierto sentido, su imagen y su representante, porque es el camino que lleva a Dios y porque no se puede realizar plenamente si no conoce a Dios, si no lo acepta con todo su corazón y si no lo obedece hasta el punto de la perfección”.

“Por tanto, el respeto y el diálogo exigen reciprocidad en todos los ámbitos, especialmente en lo que concierne a las libertades básicas, en particular la libertad religiosa. El diálogo y el respeto favorecen la paz y el entendimiento entre los pueblos, ayudan a resolver conjuntamente los problemas de los hombres y las mujeres de hoy, sobre todo los de los jóvenes”.

El Papa hizo notar que “en este mundo hay fronteras y divisiones entre los hombres, así como malentendidos entre generaciones; hay, igualmente, racismo, guerras e injusticias, también hambre, desperdicio y desempleo. Estos son los dramáticos males que nos aquejan a todos, muy en especial a los jóvenes de todo el mundo. Algunos están en riesgo de desalentarse; otros, de capitular; otros más, de buscar el cambio a través de la violencia o de soluciones extremas. La sabiduría nos enseña que la autodisciplina y el amor son entonces los únicos medios para la deseada renovación”.

“Es trabajando en armonía como podemos ser efectivos. El trabajo, bien entendido, es servir a los demás; crea vínculos de solidaridad. La experiencia del trabajo en común le permite a uno purificarse y descubrir la riqueza de los demás. De esa manera se creará gradualmente un clima de confianza que permita que cada quien crezca, florezca, y ‘sea más’. Queridos jóvenes, no dejen de colaborar con los adultos, especialmente con sus padres y maestros, así como con los ‘líderes’ de la sociedad y del Estado. Los jóvenes no deben aislarse de los demás. Los jóvenes necesitan a los adultos, al igual que los adultos necesitan a los jóvenes”.

Después afirmó: “Este mundo que está por venir depende de los jóvenes de todos los países del mundo. Nuestro mundo está dividido, hasta destrozado; experimenta múltiples conflictos y graves injusticias. No hay verdadera solidaridad entre el Norte y el Sur; la  ayuda mutua entre las naciones del Sur no es suficiente. Hay en el mundo culturas y razas que no son respetadas. ¿Por qué? Porque los pueblos no aceptan sus diferencias, no se conocen lo suficiente entre unos y otros. Rechazan a los que no tienen la misma civilización. Se niegan a ayudarse mutuamente. Son incapaces de liberarse del egoísmo y el egocentrismo”.

Y continuó el Papa: “Nosotros, cristianos y musulmanes, debemos reconocer con alegría los valores religiosos que tenemos en común y agradecer a Dios por ellos. Ambos creemos en un solo Dios, el único Dios, que es todo Justicia y Misericordia; creemos en la importancia de la oración, el ayuno, la caridad, el arrepentimiento y el perdón; creemos que Dios será un juez misericordioso cuando nos juzgue al final de los tiempos, y esperamos que después de la resurrección Él esté satisfecho con nosotros, como sabemos que nosotros estaremos satisfechos con Él”.

Por ello, necesitamos un tipo especial de lealtad que “exige también que reconozcamos y respetemos nuestras diferencias. Obviamente lo fundamental es la postura que tenemos frente a la persona y la labor de Jesús de Nazaret. Ustedes saben que, para los cristianos, este Jesús los lleva a un íntimo conocimiento del misterio de Dios y a una comunión filial por sus dones, para que lo reconozcan a Él y lo proclamen Señor y Salvador. Esas son importantes diferencias que podemos aceptar con humildad y respeto, en mutua tolerancia. Ahí hay un misterio, y estoy seguro de que un día, Dios nos iluminará al respecto”. 

Quisiera terminar invocándolo personalmente ante ustedes:

 

Oh Dios, Tú eres nuestro creador.

Eres ilimitadamente bueno y misericordioso.

A Ti deben su alabanza todas las criaturas.

Oh Dios, Tú nos has dado una ley interior para regir nuestras vidas.

Cumplir Tu voluntad es cumplir con nuestro deber.

Seguir Tu camino es encontrar la paz espiritual.

A Ti ofrecemos nuestra obediencia.

Guía nuestros pasos en esta tierra.

Líbranos de las malas inclinaciones que apartan nuestro corazón de Tu voluntad.

No permitas que invocando Tu Nombre justifiquemos el desorden humano.

Oh Dios, Tú eres el único a quien adoramos.

No permitas que nos alejemos de Ti.

Oh Dios, juez de la humanidad, ayúdanos a pertenecer a Tus elegidos el día final.

Oh Dios, autor de justicia y de paz, concédenos el verdadero gozo y el auténtico amor, y también una perdurable fraternidad entre todos los pueblos.

Cólmanos de Tus dones para siempre. ¡Amén!