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Palabras de clausura: Nostra Aetate y la creación de una “Cultura de inclusión”

19 Nov 2015

Su Eminencia Cardenal Miguel Ayuso

Acto conmemorativo del KAICIID con ocasión del 50° aniversario de la declaración “Nostra aetate”

Palabras de clausura

Nostra aetate y la creación de una “Cultura de inclusión”

Rev. Padre Miguel Ángel Ayuso Guixot, Secretario

Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso

19 de noviembre de 2015

 

Su Eminencia, Sus Excelencias, queridos amigos,

Ahora que llega a su fin este tiempo juntos, es un placer para mí compartir con ustedes una breve reflexión sobre la importancia del documento conciliar Nostra aetate, que, en mi opinión, demuestra la apertura y, por usar un término apreciado por el Papa Francisco, la misericordia con que la Iglesia Católica ha mirado y sigue mirando la vida en nuestro mundo.

Les agradezco a todos ustedes su presencia y el haber compartido hoy momentos de reflexión que han sido, en mi opinión, un signo tangible de la disposición de la Iglesia Católica al diálogo con nuestros hermanos y hermanas de otras religiones, tal y como busca la declaración Nostra aetate.

Es cierto que en estos cincuenta años se ha logrado mucho, pero todavía queda mucho por hacer. Aunque se han dicho muchas palabras, también ha habido demasiados silencios. El camino que indica Nostra aetate sigue siendo exigente y, como podemos leer en la Declaración, aún nos insta a reconocer, preservar y promover todos los valores espirituales, éticos y socioculturales que encontramos en las religiones.

El Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, del que soy Secretario, es consciente de su deuda con todos los Padres conciliares -para ser exactos, 2221- que el 28 de octubre de hace cincuenta años aprobaron la declaración Nostra aetate, con gran valentía y premonición. También estamos en deuda con todos aquellos que han promovido el diálogo interreligioso durante los últimos 50 años, independientemente de la religión a la que pertenecieran. Permítanme asimismo dar las gracias al Centro Internacional de Diálogo (KAICIID) por todos los esfuerzos en favor del diálogo interreligioso y por las muchas iniciativas diferentes que ayudan a que gente de religiones diferentes se reúna, se conozca y aprenda a colaborar por el bien de la humanidad.

Nostra aetate instó a que los encuentros entre los creyentes, como este de hoy, tuvieran una identidad clara y un espíritu de respeto, estima y colaboración. En este sentido me gustaría recordar lo dicho por Su Eminencia el Cardenal Tauran en la inauguración del Centro Internacional de Diálogo (KAICIID), cuando expresó la esperanza de que nuestras iniciativas se llevaran a cabo con “visión, honradez y credibilidad” (Viena, 26 de noviembre de 2012).

En estos momentos, por muchas razones oscuras y difíciles, creo que el propósito del diálogo interreligioso es tomar un camino común “hacia la verdad”. Este viaje debería tener en cuenta estos aspectos: la identidad de la persona que dialoga, que no se puede hablar desde la ambigüedad; que cada uno debe prestar atención a los demás: que los que oran y piensan diferente a mí no son enemigos; y que las intenciones de todos deben ser sinceras.

Sin duda, debemos fortalecer la fructífera cooperación entre nosotros, creyentes de diferentes religiones, en cuestiones de interés común para el bien de la familia humana y de nuestro hogar común.

Es necesario preservar el espíritu universal con el que el Papa Francisco habla en su encíclica Laudato Sí: “La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes, y esto debería provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad.” (Laudato Si’, n.  201).

Creo poder decir que en los años venideros veremos a la Iglesia Católica aún más comprometida por responder al gran desafío del diálogo interreligioso. Hace 50 años la declaración Nostra aetate abrió una puerta que, evidentemente, no se ha cerrado. En efecto, el documento del Consejo sigue siendo un estímulo para que ninguno de nosotros cierre la puerta. Su mensaje es atemporal; permítanme reiterar algunos de los puntos que contiene:

la creciente interdependencia de los pueblos (véase N. 1);
la búsqueda de los seres humanos del sentido de la vida, el sufrimiento y la muerte;
los profundos interrogantes humanos que siguen siendo válidos debido a su permanencia (véase nº 1);
el origen común y el destino único de la humanidad (véase nº 1);
la unicidad de la familia humana (véase nº 1);
que las religiones son una búsqueda de Dios o del Absoluto en las diversas etnias y culturas (véase nº 1);

Sabemos ahora más que nunca que el diálogo interreligioso es importante e insustituible. Es, entre otras cosas, un requisito previo para esa paz que es una condición fundamental para todos, así como un anhelo de todo ser humano, que todas las religiones, con su herencia religiosa y humana, pueden contribuir en gran medida a lograr.

Permítanme concluir con las palabras que el Papa Francisco dirigió a los participantes de la reciente Audiencia general interreligiosa celebrada con ocasión del 50º aniversario de Nostra Aetate: “Podemos caminar juntos cuidando unos de otros y de la creación. Todos los creyentes de todas las religiones. Juntos podemos alabar al Creador por darnos el jardín del mundo para cultivarlo y conservarlo como bien común, y podemos lograr planes compartidos para superar la pobreza y garantizar a cada hombre y cada mujer las condiciones para una vida digna” (Audiencia general interreligiosa, 28 de octubre de 2015).

Gracias por su amable atención.