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Cumbre Interreligiosa del G20 2015: Religión, Armonía y Desarrollo Sostenible

17 Dic 2015

Su Eminencia Metropolitana Emmanuel

CUMBRE INTERRELIGIOSA DEL G20 2015:

Religión, Armonía y Desarrollo Sostenible

 

Su Eminencia Emmanuel, Metropolitano de Francia

Estambul, Turquía, 16 de noviembre de 2015

 

Excelencias,

Eminencias,

Apreciados dignatarios,

Distinguidos participantes,

Honorables invitados,

Señoras y señores,

Queridos amigos:

En nombre del Patriarcado ecuménico y del Centro de Diálogo KAICIID, me gustaría felicitarles con motivo de la Cumbre Interreligiosa del G20 2015. Felicito a todos los participantes, dirigentes religiosos y políticos, así como a los académicos, por su firme compromiso en favor de la paz, la justicia y el diálogo.

Es imposible hablar de religión, armonía y desarrollo sostenible sin compartir una comprensión común de la dignidad humana. Como testigos de un mundo en crisis, debemos redescubrir el sentido de la fe. Algunos culpan a la globalización. Pero detrás de este fenómeno, la humanidad debe enfrentar sus responsabilidades como pueblos interrelacionados o, como diría yo, como pueblos vinculados con toda la creación.

La ética y el desarrollo sostenible constituyen temas que se consideran parte de la crisis mundial. Sin embargo, ¿podemos considerarlas también retos relacionados con la justicia y la responsabilidad? Obviamente la palabra “crisis” tiene su propio valor nominal. En griego significa “juicio”, y es cierto que estas cuestiones apuntan a las consecuencias negativas de nuestro sistema y desafían nuestro estilo de vida. Hablar de desafío equivale a una invitación a pensar más allá y actuar. Significa reconocer el problema mediante la búsqueda de una solución. Un desafío exige una solución, estimula, pone las cosas en movimiento. Entonces, ¿cómo podemos pensar que el desarrollo sostenible es un reto relacionado con la justicia y la responsabilidad?

El reto no es únicamente (geo)político, económico y filosófico. También se puede vislumbrar un desafío espiritual. ¿No estamos confundidos al vernos como dueños y señores de la naturaleza, una naturaleza que tiene como único propósito servirnos? Según las Escrituras, confesamos que el mundo es la creación de Dios, en la que prospera la vida y se puede sentir lo divino (Gén. 1.1 a 2.25). En consecuencia, creemos que formamos parte integral de esta buena creación y reconocemos que el destino de la naturaleza y de la humanidad están íntimamente interrelacionados. En este sentido, los textos bíblicos nos enseñan que Dios nos ha concedido la custodia “fiel y prudente” (Lc. 12,42) de la creación. Proteger a la humanidad es proteger la creación y proteger la creación es proteger a la humanidad.

No se puede conseguir una transformación estructural de nuestros estilos de vida y patrones de consumo a menos que todos los actores se comprometan con este propósito, lo cual significa los ciudadanos, las ONG, los movimientos sociales, las empresas y las comunidades, así como la iglesia y los movimientos espirituales ... Tiene que ver con preguntarse a sí mismo la idoneidad de cada uno de los niveles de toma de decisiones y organización, desde el local hasta el regional, desde el nacional al internacional. Las pruebas de la emergencia nos obligan a desarrollar una nueva imaginación, nuevas alternativas y nuevas formas de compromiso: la interpelación de los políticos, la participación en proyectos locales, una llamada a la responsabilidad de los actores políticos y económicos, soluciones locales y comunitarias. Tiene que ver con volver a poner a la política al servicio de la comunidad, pero también con poner a los ciudadanos en el centro de la política y de los mecanismos de toma de decisiones, con tener el bien común como objetivo principal. Ante esta crisis internacional y globalizada, que es exactamente lo que es la crisis del clima, por ejemplo, las religiones deben renovar la Palabra que transmiten: deben recordar al mundo que la Fraternidad es el fundamento esencial de una aceptación incondicional, que la Justicia es el horizonte más humilde de todas las formas de solidaridad, que la Paz para todos es una condición para la buena Vida, que la Sencillez y la Gratitud son semillas de una esperanza renovada. En ese caso, la solidaridad es idéntica a la armonía.

Señoras y señores:

Para enfrentarnos al reto del desarrollo sostenible, debemos asimismo asumir un desafío espiritual: el de transformar los hábitos de vida. En la espiritualidad cristiana el espíritu de conversión exige una profunda mutación, una inversión del ser que afecta y a la vez excede tanto las cuestiones de valor como las medioambientales. El amor por el prójimo, actual y futuro, toma el relevo del egoísmo. La acción colectiva de los creyentes ejercerá presión sobre los dirigentes y políticos del mundo. La sobriedad reaccionará ante los deseos del consumismo excesivo. Compartir limita la desigualdad. Por último, la caridad abarca las esferas política y social. A través de la oración y el compromiso, podemos ser conducidos a una vida nueva que haga posible en el futuro una sociedad sostenible, justa y pacífica. Como el Patriarca Ecuménico Bartolomé diría: “No podemos separar nuestra preocupación por la dignidad humana, los derechos humanos o la justicia social de la preocupación por la protección de la ecología, la conservación y la sostenibilidad. Estas preocupaciones están forjadas juntas, formando una espiral interconectada que puede descender o ascender”.

Gracias por su atención.