Loading...

75 años de las Naciones Unidas: Cómo el diálogo fortalece la diplomacia multilateral

7 Septiembre 2020

por el Embajador Álvaro Albacete, Secretario General Adjunto del KAICIID

En el momento en que el mundo conmemora el 75º aniversario de las Naciones Unidas, la importancia que tiene la diplomacia multilateral se muestra más evidente ahora que nunca.

El azote provocado por la pandemia de COVID-19 ha servido para multiplicar y mejorar las iniciativas políticas, económicas, sociales y ambientales que han afectado al bienestar de las familias desde los inicios de esta gran institución, que es a su vez la encarnación del enfoque multilateralista del desarrollo humano.

Sin embargo, en la búsqueda del desarrollo, se percibe una contradicción en los asuntos globales. Por una parte, nos enfrentamos a tendencias de impacto global que requieren respuestas sistemáticas a través de la cooperación multilateral. Por otra parte, estamos asistiendo a una tendencia a la fragmentación del orden internacional, en la que los agentes expresan un escepticismo cada vez mayor respecto de esa cooperación.

En este contexto, las Naciones Unidas constituyen una influencia mundial única y es más necesario que nunca impulsar un nuevo apoyo a la cooperación multilateral que involucre a actores de un amplio espectro de ámbitos, incluidos los gobiernos, la sociedad civil y el sector privado.

Hemos sido testigos de las profundas repercusiones que crisis como la pandemia de COVID-19 pueden ocasionar a nivel internacional, regional y local. Crisis como éstas amplifican las debilidades sistémicas en la infraestructura de la cooperación internacional. Agravan las vulnerabilidades existentes en los sistemas de gobierno, así como en las relaciones intercomunitarias, e intensifican los agravios y las desigualdades sociales y económicas en todo el mundo.

El pacto social entre los Estados y sus poblaciones corre el riesgo de erosionarse aún más, creando frustración y una creciente necesidad de llenar los vacíos existentes. En las sociedades de todo el mundo, especialmente en las más vulnerables y afectadas por conflictos, las respuestas desiguales e incoherentes a la pandemia actual han debilitado aún más ese pacto social, así como la confianza entre los grupos religiosos y étnicos, reduciendo los espacios para el diálogo y la cooperación. Lo que es más desconcertante, las pruebas de discriminación sistémica, agravadas por la creciente plaga de pobreza, han empeorado el sufrimiento, creando un amplio espacio para la creciente desconfianza y el discurso de odio, que a menudo conduce a la violencia. La pandemia actual también puede considerarse un recordatorio de los riesgos inminentes que pueden acarrear los desastres inducidos por el cambio climático.

En este contexto, las respuestas conjuntas y coherentes a los apremiantes problemas socioeconómicos son fundamentales para aliviar los efectos negativos que pueden tener, y muy probablemente tendrán, en la paz y el desarrollo sostenible.

    Este esfuerzo puede enriquecerse considerablemente gracias a la contribución constructiva de los dirigentes religiosos y las organizaciones confesionales de todo el mundo. Su liderazgo, con base en valores proféticos y espirituales, puede establecer y promover la cooperación interreligiosa en un espacio donde la religión y los derechos humanos se apoyan y refuerzan mutuamente, y donde todos los miembros de una sociedad tienen voz, independientemente de su raza, edad, género, religión u otro factor de identidad.

Las organizaciones multilaterales e intergubernamentales, como el Centro de Diálogo Internacional (KAICIID), pueden contribuir a la Agenda 2030 y apoyar a las Naciones Unidas en la expansión de las asociaciones de múltiples interesados en todo el mundo. Juntos podemos convocar, movilizar y apoyar a la cada vez mayor comunidad de agentes diversos, pero con ideas afines, en pro de un desarrollo sostenible e inclusivo, basado en un enfoque centrado en el ser humano.

Uno de los principales requisitos previos para el desarrollo sostenible es la paz y no puede haber paz sin desarrollo sostenible. Los líderes religiosos han reconocido esta interdependencia, operando a nivel de base para apoyar a las comunidades locales y promover sus medios de vida. Han distribuido ayuda, facilitado y proporcionado educación (tanto formal como informal) y actuado como principales centros de coordinación para difundir mensajes de paz y reconciliación.

El valor único de las organizaciones confesionales y su contribución a los programas de desarrollo mundial fueron reconocidos por las Naciones Unidas mediante el establecimiento del Grupo de Trabajo Interinstitucional de las Naciones Unidas sobre Religión y Desarrollo Sostenible (UN-IATF) en 2010, que hoy en día incluye más de 20 entidades de las Naciones Unidas. Además de esta estructura informal que proporciona orientación política sobre el compromiso en las intersecciones de la religión y los pilares de las Naciones Unidas del desarrollo, los derechos humanos, la paz y la seguridad, el IATF dio un paso más con la creación del Consejo Asesor Multirreligioso (MFAC) en 2018. El MFAC, una entidad de carácter no oficial y voluntaria, anteriormente presidida por el KAICIID e integrada por más de 40 líderes religiosos y organizaciones religiosas diversas, apoya la labor del IATF, reflejando las áreas temáticas del mandato de las Naciones Unidas.

En un mundo en el que la "distancia" se entiende cada vez más como "seguridad", debemos trabajar con ahínco para evitar que se normalice el aislamiento en favor de la fragmentación y la erosión del multilateralismo. El diálogo asume aquí un papel principal en la superación de estos destacamentos recién establecidos, y nos acerca unos a otros, hacia nuestro bien común.

En este momento de intensa polarización mundial, los gobiernos y la sociedad civil, incluidos los actores religiosos, pueden transformar esta alteración de las condiciones para el desarrollo humano en un salto histórico hacia adelante, derrumbando los límites actualmente existentes mediante el diálogo.

Sin embargo, con la oportunidad viene la responsabilidad. Todos debemos pensar en cómo fortalecer la huella de la consolidación de la paz y la cohesión social derivadas de la diplomacia multilateral, manteniendo al mismo tiempo el sentido de responsabilidad ante las personas y comunidades que forman "los pueblos" que firmaron un documento histórico hace 75 años en San Francisco: la Carta de las Naciones Unidas.