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¿Puede la religión ayudar en la reunificación de la fracturada República Centroafricana?

07 Jun 2021
A UN soldier climbs into a military vehicle outside of the Bangui Cathedral. Photo: Jack Losh

Después de que los rebeldes lanzaran una ofensiva en la República Centroafricana (RCA) a finales del año pasado, las fuerzas del gobierno retrocedieron y han ido ganando terreno en todo el país. Este contraataque está eclipsando los llamamientos urgentes al diálogo para minimizar el impacto en la población civil y abordar los agravios subyacentes. A pesar de los éxitos del gobierno en el campo de batalla, las principales figuras religiosas insisten en que el camino hacia una paz duradera no pasa por una solución militar. En su lugar, instan a todas las partes a reunirse en torno a la mesa para encontrar una solución que sea de verdad sostenible e inclusiva.

"La victoria militar por sí sola no es suficiente", afirma el cardenal Dieudonné Nzapalainga, arzobispo de Bangui. "De lo contrario, la llama se mantendrá y provocará más violencia. Es importante apagar el fuego ahora tendiendo la mano".

Esta situación que se está viviendo se produce dos años después de la firma del Acuerdo de Jartum, un importante acuerdo de paz entre el gobierno y 14 grupos rebeldes, que posteriormente se derrumbó durante el reciente estallido de violencia. Pero a medida que la agitación se adentra en un nuevo e incierto capítulo, las mentes se centran en el futuro del proceso de paz de la RCA: si puede recuperarse y, en caso afirmativo, qué papel pueden desempeñar los líderes religiosos como árbitros independientes y conciliadores profundamente arraigados en las comunidades.


Más información sobre el trabajo de la plataforma interreligiosa en la República Centroafricana


 "La violencia conduce a la violencia a corto, medio y largo plazo", afirma el imán Abdoulaye Ouasselogue. "Es necesario que haya un diálogo sincero e inclusivo, cuya aplicación no debe sufrir ningún cálculo político".

Poco antes de las elecciones presidenciales del pasado diciembre, una nueva coalición de grupos armados comenzó a lanzar ataques en todo el país, desplazando a más de 200.000 personas y haciendo que la emergencia humanitaria de la RCA entrara en una espiral. Desde entonces, los rebeldes se han enfrentado a una derrota tras otra ante el avance de las fuerzas gubernamentales.

Aunque esta evolución pueda parecer positiva, la realidad es que los civiles se ven atrapados en el fuego cruzado, ya que la fuerza militar no consigue calmar las tensiones. Los investigadores de la ONU y otros grupos de derechos han documentado atrocidades y otras violaciones de los derechos humanos.

En el norte, después de que las tropas tomaran el bastión rebelde de Kaga-Bandoro, los enfrentamientos obligaron hace poco a más de 2.000 refugiados a cruzar al Chad, vadeando hasta los hombros un río que separa los dos países, y llevando sus pocas pertenencias sobre la cabeza. Desde entonces, algunos han recurrido a cruzar de nuevo el peligroso terreno de la RCA para encontrar comida o salvar lo poco que queda de sus propiedades.

La violencia anterior, durante años de inseguridad prolongada, obligó a más de un millón de personas a abandonar sus hogares. El resultado es que, hoy en día, casi un tercio de toda la población de la RCA está desplazada, junto con el aumento del hambre infantil, con al menos 24.000 niños menores de cinco años en riesgo de desnutrición aguda grave.

El diálogo ayuda a encontrar un terreno común

La actual estrategia de mano dura también tiene consecuencias mortales. "La solución militar no es la respuesta", afirma Feralin Mindende-Mobaka, responsable de proyectos del KAICIID en la RCA. "Lo mejor es el diálogo. Los civiles están muriendo. El riesgo es que todo esto pueda alimentar más violencia".

A través del diálogo cara a cara, es posible conocer las necesidades de la parte contraria y encontrar puntos en común. "Mientras no estés sentado alrededor de una mesa con los beligerantes, no puedes imaginar lo que quieren", dijo el reverendo Nicolas Guerekoyame-Gbangou, quien, junto con el cardenal y el imán, figura entre los principales líderes religiosos del país. "El diálogo siempre será un arma eficaz para la resolución de cualquier conflicto".

No hay duda de que la estabilidad es un componente esencial para la paz; unas fuerzas de seguridad robustas pero responsables deben desempeñar un papel en ese proceso, dicen los expertos. Las fronteras de la República Centroafricana son extremadamente permeables, lo que permite la entrada de armas y combatientes desde las zonas de crisis circundantes, y eso alimenta los disturbios.

"Un país en crisis necesita seguridad, que debe ser proporcionada por el ejército", dijo Agustín Núñez-Vicandi, director del programa del KAICIID en la RCA. "Pero también hay una gran necesidad de reconciliación y de otros elementos como la justicia transicional, la reintegración de las facciones armadas en la sociedad, etc.".

Los líderes religiosos pueden desempeñar un papel clave en ese proceso de reconciliación y en la creación de una paz duradera. Ajenos a la política de las facciones, actúan como intermediarios neutrales cuya posición espiritual les aparta de cualquier política real impulsada por la agenda. Esta audaz independencia les permite conversar con toda una serie de figuras, desde políticos hasta rebeldes, así como con sus feligreses que soportan el extremo más agudo del conflicto.

Con más del 95% de la población del país declarando su fe en la RCA, la religión es una fuerza potente. Eso significa que sus líderes -ya sean protestantes, católicos o musulmanes- pueden ofrecer consuelo espiritual desde el púlpito, así como asistencia humanitaria pragmática a través de sus instituciones. Como agentes de confianza integrados en la comunidad y el establishment, estas figuras tienen una gran autoridad.

"Sensibilizan a la población sobre la tolerancia, el perdón y la reconciliación", afirma Boris Yakoubou, experto del KAICIID en la RCA. "Más allá de su función de mediación, desempeñan el papel de padres espirituales".

Y es esa rara posición la que debe aprovecharse a la hora de construir una paz duradera, ya sea influyendo en los grupos de base, dando voz a los marginados, defendiendo los derechos humanos, presionando a los responsables políticos y, en última instancia, sentando a la mesa a las partes enfrentadas.

Reactivar el proceso de paz

Hay indicios de que el apoyo a la reanudación del proceso de paz está cobrando impulso. En abril se celebró en Angola una minicumbre sobre la situación de seguridad de la RCA, que reunió a varios jefes de Estado de la región. En el centro de sus conversaciones estaba el acuerdo de paz de Jartum de 2019, acordado en la capital sudanesa. El presidente angoleño, João Lourenço, hizo un llamamiento para que todos los actores trabajen juntos "para garantizar el diálogo e... impulsar el Acuerdo de Jartum", con el apoyo de la comunidad internacional.

El énfasis en la reactivación del proceso de paz sugiere que, a pesar de las graves fisuras, todavía puede arreglarse. A lo largo de los años se han firmado numerosos alto el fuego y, sin embargo, la violencia no ha disminuido de forma sostenible. Los líderes religiosos de la República Centroafricana creen que hay esperanza en este caso, aunque la creación de otro acuerdo - o al menos algunas revisiones - sigue siendo una posibilidad.

"Para mí, el acuerdo de paz sigue siendo relevante", dijo el cardenal Dieudonné. "Hay que hacer una evaluación global y luego veremos si es necesario otro documento. Sólo un marco de diálogo puede permitir que la gente se vacíe del veneno que lleva dentro".

Aunque los rebeldes son considerados en general como meros aprovechados, también tienen sus reivindicaciones y nacieron inicialmente de las legítimas preocupaciones de los marginados de la sociedad centroafricana. Consultar a todas las partes implicadas, incluidos los grupos armados, atender sus demandas y permitir que se expresen sus preocupaciones será una parte fundamental de cualquier proceso de paz.

Sin embargo, esto se complica porque esta coalición ad hoc está formada por una mezcolanza de grupos armados, locales y extranjeros, que carecen de una cadena de mando única y aportan diferentes agravios y motivaciones. Algunas facciones condenan las sanciones contra sus líderes y acusan al gobierno de mostrar una ausencia de buena voluntad. Otros temen ser detenidos durante las conversaciones provisionales o se quejan de la falta de recompensas lucrativas durante las conversaciones de tregua. Todo ello repercute en la desconfianza que existe entre los jefes rebeldes y los altos funcionarios del gobierno.

Dados los drásticos cambios que se han producido desde el último acuerdo, Imam Ouasselogue cree que puede ser necesaria una estrategia revisada, una especie de "Jartum 2.0".

"[Los grupos armados] están a favor de un nuevo diálogo, pero el gobierno [entre otras partes] quiere mantener el Acuerdo de Jartum", dijo. "La realidad actual sobre el terreno, con la nueva faceta de la crisis, requiere un nuevo enfoque".

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